Por Rogerio Valdez

Antes del silbatazo inicial, el Mundial 2026 prometía ser la fiesta más grande en la historia del fútbol.

Al finalizar los 120 minutos (hubo tiempos extras) de la gran final, el balón dejó de rodar, pero comenzó el verdadero análisis: el que habla de sociedades, de gobiernos, de economías y del poder que tiene el deporte para unir, pero también, para exhibir las desigualdades del mundo.

La Copa del Mundo organizada de manera conjunta por México, Estados Unidos y Canadá dejó imágenes que pasarán a la historia. Estadios repletos, ciudades convertidas en auténticos puntos de encuentro multicultural y millones de personas siguiendo cada partido desde cualquier rincón del planeta.

El fútbol volvió a demostrar que no existe otro espectáculo capaz de paralizar al mundo con semejante intensidad.

En el plano social, el saldo fue ampliamente positivo, el torneo acercó culturas, fortaleció el turismo y permitió que miles de familias vivieran una experiencia única, las calles de las ciudades sede se llenaron de banderas, idiomas y tradiciones que convivieron en un ambiente, en términos generales, de respeto y celebración.

México volvió a demostrar que su hospitalidad sigue siendo uno de sus principales activos frente al mundo. Sin embargo, no todo fue celebración, también quedaron al descubierto problemas que acompañan a los grandes eventos internacionales, el incremento en los costos de hospedaje, transporte y alimentos, golpeó tanto a visitantes como a habitantes locales.

En varias ciudades, surgieron críticas por el desplazamiento de comerciantes informales y por las inversiones millonarias destinadas a infraestructura deportiva, mientras persisten rezagos en salud, educación y seguridad.

En el terreno cultural, el Mundial reafirmó que el fútbol continúa siendo un lenguaje universal, la música, la gastronomía y las expresiones artísticas de los tres países anfitriones, encontraron una plataforma sin precedentes para proyectarse internacionalmente; millones de personas conocieron tradiciones, destinos turísticos y manifestaciones culturales, que difícilmente habrían alcanzado semejante difusión.

Políticamente, la Copa del Mundo también dejó lecturas importantes.
Los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá, aprovecharon el torneo para fortalecer la imagen de cooperación regional en momentos complejos para América del Norte; el Mundial funcionó como una vitrina diplomática donde, por encima de las diferencias políticas, prevaleció la coordinación institucional para garantizar la organización del evento.

Para México, el reto fue todavía mayor. El país tuvo la oportunidad de mostrar capacidad organizativa y una infraestructura moderna, aunque también enfrentó el escrutinio internacional en temas como seguridad, movilidad y servicios públicos. Un Mundial nunca es únicamente un torneo deportivo; es un examen para los gobiernos y una carta de presentación frente al resto del planeta.

En el aspecto económico, las cifras hablan por sí solas. La derrama generada por el turismo, la ocupación hotelera, el consumo en restaurantes, el comercio, el transporte y los servicios, representó miles de millones de dólares distribuidos entre los tres países sede. Miles de empleos temporales fueron creados y numerosos pequeños y medianos negocios, encontraron una oportunidad para incrementar sus ingresos gracias a la llegada masiva de visitantes.

No obstante, también queda la discusión sobre la distribución de esa riqueza. Como suele ocurrir en este tipo de acontecimientos, los mayores beneficios económicos terminaron concentrándose en las grandes cadenas hoteleras, corporativos internacionales y patrocinadores globales, mientras que muchos pequeños comerciantes apenas lograron participar de manera marginal.

Al final, el Mundial deja una enseñanza que va mucho más allá del campeón levantando la Copa. Demuestra que el deporte puede convertirse en una poderosa herramienta de integración social, de crecimiento económico y de proyección política. Pero también recuerda que ningún evento, por espectacular que sea, resuelve por sí solo los problemas estructurales de un país.

El balón ya dejó de rodar, los aficionados regresaron a casa y las luces de los estadios comienzan a apagarse. Ahora corresponde a los gobiernos convertir el legado del Mundial en inversiones permanentes, mejores ciudades y oportunidades para la población. Porque los campeones cambian cada cuatro años, pero las verdaderas victorias son aquellas que permanecen mucho después del último silbatazo.