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En medio de un entorno nacional, donde la obra pública suele ser cuestionada por su opacidad o por su uso político, en Culiacán comienza a perfilarse una narrativa distinta que vale la pena observar con lupa.

El gobierno municipal encabezado por Juan de Dios Gámez Mendívil, ha colocado en el centro de su gestión un tema tan básico como históricamente olvidado: la pavimentación de calles en colonias marginadas.

No se trata de una acción menor ni de un asunto meramente estético. Durante décadas, cientos de familias en la capital sinaloense, han vivido entre el polvo, el lodo y el rezago, con accesos precarios que no sólo afectan la movilidad, sino también la salud, la seguridad y la dignidad.

En ese contexto, la cifra de 404 calles pavimentadas —con una inversión que asciende a 1,044 millones de pesos— en poco más de un año de administración, no puede pasar desapercibida.
Hay dos formas de leer estos números.

La primera, desde la óptica institucional, habla de capacidad de gestión, ejecución presupuestal y una clara priorización del gasto público hacia zonas que tradicionalmente no figuraban en los mapas de desarrollo.

La segunda, desde la perspectiva política, revela una estrategia que busca construir legitimidad ‘a ras de suelo’, literalmente donde más se necesita.

El dato cobra aún mayor relevancia, cuando se coloca en su justa dimensión: éstas 404 vialidades forman parte de un ambicioso programa de mil calles proyectadas para el trienio. Es decir, el gobierno municipal ha avanzado de manera significativa en una meta que, de mantenerse el ritmo, no sólo sería alcanzable, sino incluso superable.

Sin embargo, como toda acción de gobierno, este esfuerzo no está exento de cuestionamientos. La clave estará en la calidad de las obras, la transparencia en los procesos de licitación y la equidad en la distribución territorial de los proyectos.

Pavimentar no es únicamente cubrir de asfalto; es garantizar durabilidad, infraestructura complementaria y planeación urbana integral.

Aún así, sería mezquino no reconocer que en un estado, donde la percepción de abandono ha sido una constante en muchas colonias populares, este tipo de políticas públicas comienza a generar un cambio tangible en la vida cotidiana de miles de ciudadanos. La política, cuando se traduce en beneficios concretos, deja de ser discurso para convertirse en resultado.

En tiempos donde la narrativa política suele centrarse en la confrontación, Culiacán ofrece un ejemplo de cómo la obra pública puede convertirse en un punto de encuentro entre gobierno y sociedad. Falta camino por recorrer, sí, pero el avance logrado hasta ahora sugiere que, al menos en este rubro, la administración municipal ha decidido apostar por saldar una deuda histórica.

Y en política, pocas cosas pesan tanto como cumplirle a quienes durante años esperaron ser vistos.