Por:Rogerio Valdez
Durante décadas, la vida pública de Sinaloa se sostuvo gracias a la presencia de liderazgos sociales que, desde las calles, las aulas, los sindicatos y las causas ciudadanas, mantenían viva la crítica al poder. Eran voces incómodas, personajes que representaban movimientos auténticos y que encontraban en la protesta y la organización social una forma de equilibrar las decisiones gubernamentales. Hoy, ese escenario parece haberse desdibujado.
La llegada de Morena al poder ejecutivo y legislativo en Sinaloa no solamente transformó la geografía política del estado; también modificó profundamente la dinámica de los liderazgos sociales. Muchos de quienes antes encabezaban movimientos de resistencia, hoy forman parte de las estructuras del poder o se encuentran alineados políticamente con quienes gobiernan. El resultado ha sido evidente: la ausencia de voces críticas con capacidad real de movilización.
Uno de los casos más visibles es el de Carlos Rea, quien durante años, fue identificado como un dirigente combativo dentro de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Su presencia representaba una oposición constante a las decisiones oficiales y una defensa férrea del magisterio.
Sin embargo, el tiempo político cambió. Hoy, Carlos Rea hace política desde las oficinas estatales de Morena, concentrando sus esfuerzos en respaldar los proyectos políticos de sus hijos, quienes ya ocupan espacios dentro del Congreso local y otras posiciones públicas.
El fenómeno no es aislado. La incorporación de antiguos activistas sociales a la estructura gubernamental o partidista ha provocado que muchas luchas pierdan independencia. La crítica se volvió prudente, el discurso moderado y las movilizaciones disminuyeron considerablemente. La cercanía con el poder terminó por absorber a quienes antes se definían como opositores del sistema.
Otro ejemplo es el de la diputada local Tere Guerra. Durante muchos años fue reconocida por su activismo en favor de las mujeres y por encabezar causas relacionadas con la defensa de derechos y la igualdad. Su voz tuvo peso en momentos importantes para la agenda feminista sinaloense. Sin embargo, desde su llegada al Congreso local, la percepción pública ha cambiado.
Hoy, más que una dirigente social, Tere Guerra aparece concentrada en construir un futuro político personal dentro de Morena y en posicionarse rumbo a las próximas elecciones locales. Las causas sociales que anteriormente encabezaba, parecen haber quedado en segundo plano frente a la lógica electoral y la disputa por espacios de poder.
Lo preocupante no es solamente que antiguos líderes sociales hayan ingresado a la política institucional. Eso, en democracia, es legítimo. El verdadero problema surge cuando las causas desaparecen junto con los liderazgos y cuando la crítica se extingue por conveniencia política. Porque una sociedad sin voces independientes termina debilitando su capacidad de exigir resultados y señalar errores.
Sinaloa vive actualmente una etapa donde la oposición partidista enfrenta dificultades para consolidarse, pero también donde los movimientos sociales atraviesan una evidente crisis de representación. Ya no existen aquellas figuras capaces de convocar grandes movilizaciones o de confrontar públicamente al poder con la misma fuerza de otros tiempos.
El riesgo es claro: cuando todos los caminos conducen al mismo proyecto político, la pluralidad comienza a desaparecer. Y sin pluralidad, la democracia pierde uno de sus principales contrapesos.
Quizá, el gran desafío para Sinaloa no sea solamente construir nuevos liderazgos políticos, sino recuperar liderazgos sociales auténticos, independientes y comprometidos con las causas ciudadanas, no con las candidaturas futuras.
