Por años, la política sinaloense se movía bajo reglas no escritas, pero previsibles. Hoy, con Morena en el poder y con Rubén Rocha Moya aún en funciones, la sucesión ya no es un murmullo: es una realidad en marcha.
La carrera rumbo al 2027 no solo está abierta, sino que revela algo más profundo: el reacomodo de fuerzas dentro del morenismo sinaloense.
En ese escenario, hay un nombre que comienza a tomar ventaja política, operativa y simbólica: Juan de Dios Gámez Mendívil.
No es casualidad. Su cercanía con el grupo gobernante, su paso por estructuras clave del poder estatal y su posición como alcalde de la capital lo colocan en una vitrina privilegiada. En política, la proximidad al poder no garantiza candidaturas, pero sí construye condiciones. Y Gámez las tiene.
A diferencia de otros perfiles, su crecimiento no ha sido estridente, sino estratégico. Representa continuidad, pero también renovación generacional, un equilibrio que Morena podría buscar para mantener el control del estado sin fracturas internas.
Sin embargo, la historia no está escrita.
Detrás de él aparece con fuerza la senadora Imelda Castro Castro, una figura con trayectoria, estructura y reconocimiento, distintos ejercicios demoscópicos la han colocado como una de las aspirantes mejor posicionadas dentro del partido. Su perfil es competitivo, con presencia estatal y narrativa propia.

Pero su principal reto no está afuera, sino adentro: negociar con los grupos que hoy controlan el aparato político.

En un tercer nivel se encuentra la diputada federal Graciela Domínguez Nava, una política con base social y experiencia legislativa. Su capital político radica en su cercanía con causas sociales, aunque su proyección estatal aún luce limitada frente a los punteros.

Más atrás, aunque con peso en las estructuras del poder, aparece el senador Enrique Inzunza Cázarez. Su fortaleza no está en la popularidad, sino en su conocimiento del aparato gubernamental y su cercanía con el círculo más cerrado del poder. En una contienda interna, ese tipo de perfiles nunca debe subestimarse.

Y finalmente, en un escenario más lejano, se ubica la diputada local María Teresa Guerra Ochoa, cuyo perfil académico y político no ha logrado, hasta ahora, traducirse en competitividad electoral real dentro de Morena.
El dato clave es uno: Morena sigue siendo dominante en Sinaloa, con una ventaja clara frente a la oposición. Eso significa que la verdadera elección no será constitucional, sino interna.

Ahí es donde se definirá todo.
Pero también ahí está el riesgo. Las señales de división dentro del partido ya asoman, y si no se procesan con inteligencia, podrían abrir espacios a la oposición.

La pregunta no es quién quiere ser candidato.
La pregunta es quién puede unificar.
Hoy, el tablero parece inclinarse hacia Juan de Dios Gámez. Pero en política, especialmente en Morena, las decisiones no siempre siguen la lógica visible.
Y en Sinaloa, la sucesión apenas comienza.