Este 1 de mayo, en Culiacán, el Día del Trabajo dejó de ser una expresión colectiva para convertirse en un retrato incómodo: el de la ausencia. Donde antes marchaban contingentes nutridos, pancartas diversas y demandas múltiples, hoy apenas se sostuvo una sola voz en pie: la del Sindicato de Trabajadores al Servicio del Ayuntamiento de Culiacán.
No fue una marcha festiva ni protocolaria. Fue una marcha marcada por el duelo. El reclamo central no giró en torno a salarios, prestaciones o condiciones laborales, sino a la exigencia de justicia por el asesinato del líder sindical electo Homar Salas.
La imagen es contundente: un solo contingente ocupando el espacio que antes compartían múltiples organizaciones. La ausencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, con sus dos secciones en Sinaloa; del Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana; del sindicato de Petróleos Mexicanos; del Sindicato de Trabajadores al Servicio del Estado; y de la histórica Confederación de Trabajadores de México no puede leerse como una simple coincidencia o desinterés logístico. Es, más bien, el síntoma de una enfermedad más profunda.
El sindicalismo sinaloense parece haber entrado en una fase de repliegue, cuando no de franca extinción. Las causas son múltiples y se entrelazan: la pérdida de credibilidad de las dirigencias, la burocratización de las estructuras, la cooptación política y, más recientemente, el factor que hoy pesa con mayor crudeza: el miedo.
Porque cuando la violencia toca a la puerta de los liderazgos sindicales, el mensaje no necesita explicación. La ausencia en las calles puede interpretarse como prudencia, pero también como renuncia. Y ahí es donde el problema se vuelve estructural: sin presencia pública, sin movilización y sin presión social, los sindicatos dejan de ser contrapeso para convertirse en figuras decorativas dentro del entramado laboral.
El Primero de Mayo siempre ha sido, por definición, un termómetro del estado del movimiento obrero. En Sinaloa, ese termómetro hoy marca niveles mínimos. Lo que antes era músculo, hoy es silencio. Lo que antes era pluralidad, hoy es vacío.
Y sin embargo, la marcha solitaria también deja una lección: mientras exista al menos una organización dispuesta a salir, a protestar y a exigir justicia, el sindicalismo no estará completamente muerto. Pero sí está en terapia intensiva.
La pregunta de fondo no es por qué no marcharon los demás, sino cuánto tiempo más podrán sostenerse invisibles sin perder del todo su razón de ser. Porque en política —y en la historia del trabajo— la ausencia rara vez es neutral. Casi siempre es el preludio del olvido.
