La posible salida del Mazatlán FC del puerto, vuelve a exhibir la fragilidad de un proyecto futbolístico que, desde su origen, estuvo marcado más por decisiones cupulares que por un verdadero arraigo social y deportivo.
A cinco años de su llegada a la Liga MX, el equipo atraviesa una crisis que va más allá de lo deportivo y que hoy pone en entredicho los compromisos asumidos entre la Federación Mexicana de Futbol y el Gobierno de Sinaloa.
Cuando Mazatlán FC fue presentado en 2020, se anunció un convenio que prometía permanencia, proyección nacional y beneficios económicos para el puerto. El discurso oficial hablaba de un proyecto de largo plazo, sustentado en inversión pública, infraestructura de primer nivel y promoción turística.
Hoy, ese acuerdo parece diluirse ante la opacidad con la que se manejan las decisiones dentro del futbol mexicano y la facilidad con la que se plantean mudanzas de franquicias como si se tratara de activos prescindibles.
Los argumentos sobre la baja asistencia y la falta de resultados deportivos, omiten un factor clave: la débil planeación del proyecto y la escasa identificación del club con la afición local. La responsabilidad no recae únicamente en los seguidores, sino en una directiva que no logró construir identidad ni competitividad, mientras la Liga MX mantuvo una política permisiva frente a administraciones fallidas.
En este contexto, el gobernador Rubén Rocha Moya, buscará este viernes un encuentro con Mikel Arriola, actual presidente ejecutivo de la Federación Mexicana de Futbol, en un intento por frenar una decisión que amenaza con convertirse en un nuevo revés para Mazatlán. La gestión no sólo apunta a defender la permanencia del equipo, sino a exigir claridad sobre el respeto al convenio firmado y a los recursos públicos destinados para sostener el proyecto.
La eventual salida del club, evidenciaría una vez más cómo el futbol profesional en México, privilegia intereses económicos y reacomodos internos por encima de las ciudades, las aficiones y los compromisos institucionales. Para Mazatlán, el golpe sería doble: perder un equipo de Primera División y confirmar que las promesas hechas al inicio del proyecto, carecieron de garantías reales.
Mientras las negociaciones se desarrollan en la esfera política y federativa, la afición permanece al margen, como espectadora de un proceso que no controla. El futuro del Mazatlán FC, parece definirse lejos del puerto, en oficinas donde los convenios pesan menos que los balances financieros y donde el futbol, una vez más, se aleja de su dimensión social.

